
Hasta tal punto nos hemos fusionado con la máquina que hemos calado hasta el tuétano sus procedimientos más tecnológicos. El conocer a las personas, los lugares que habitan, los espacios que ocupan sus intereses o hobbies y los sitios donde desarrollan sus currelos, ha ido degradándose hasta pasar a un segundo plano, sustituidos por números, bips y notificaciones de apps compartidas salvaguardadas en una minúscula memoria, y bajo la guadaña amenazante de una pérdida o de una temible parca súbita. Nos conectamos y nos desconectamos haciendo uso y desgaste de placas madre. Procreamos las primeras conversaciones gracias a CPUs que nos facilitan las transmisiones sin vernos, sin olernos, sin tocarnos y sin sentirnos. Arrojamos a las falanges raudales de energía para vomitar nuestros pensamientos, ideas, miedos, confusiones, ilusiones y planes. Nada ni nadie nos detiene para volcar nuestro yo en la máquina, y ésta, ávida por absorbernos hasta la médula, se apropiará de nuestras más íntimas esencias y creencias. No hará falta exigir palabras, explicaciones o discursos varios que nos podrían atormentar nuestra cómoda existencia pasajera, más bien, podríamos gastar sus interruptores emocionales que exhiben sus creativas herramientas. Bloqueamos, archivamos y restringimos a aquellos seres humanos que ya no son dignos de pertenecer a nuestro chat privado del que ostentamos todo el poder y la gloria por siempre señor. Sin aspavientos, la memoria RAM y los chips de conectividad harán el arduo, oneroso y asqueroso trabajo de desterrar a aquellos inmundos personajes que no merecen ya nuestro trato.
Si nos conocimos a través de garras con uñas que tecleaban sin cesar, nos desconoceremos también sirviéndonos de los mismos artilugios por la fe que una vez juramos en ellos. A nadie le extrañará que no le quieran dirigir más la palabra, bloqueándole, restringiéndole, archivándole, reportándole o sancionándole. La saliva se ha vuelto específica para ciertos momentos y especial para determinados usos más íntimos. Ya no es la reina de la palabra hablada, ya no se traga cuando vives la angustia de un rechazo. Ahora funcionamos con aparejos superiores que te permiten disociar y enterrar a tus fantasmas más virulentos y furiosos, negándoles la luz de lo consciente, embistiéndoles hacia alguna oscuridad programada.
¿Somos ilusos, inocentes y confiados al creer que nos alienamos con simples teclas?
¿Podremos enmascarar eternamente una sonrisa, un roce de manos, una furtiva mirada, un acercamiento inesperado, un aliento echado o un pálpito sentido?
¿Podremos renunciar a la bestia que atesoramos dentro, a los instintos más genuinos, a las improntas más forjadas y a los encuentros más salvajes y sudorosos que compartimos?